Responsabilidades compartidas

Aprobar un reglamento de copropiedad y capacitar a los vecinos en responsabilidades comunes permitirían detener el deterioro del patrimonio de las familias.

por Francisco Irarrázabal – 04/01/2012 – 04:00
LAS PERSONAS que viven en departamentos saben que mensualmente deben pagar gastos comunes a un administrador. Este monto sirve para financiar lo que es de todos, como la iluminación de los pasillos, el riego de las áreas verdes, los ascensores, etc. Además, contempla un pequeño aporte que va a un fondo de reserva que se usa cuando se hace necesario mantener el edificio.
Este costo es parte del vivir en comunidad. ¿Es un gasto? Sí, pero sobre todo una inversión, que permite que el patrimonio de la familia no se devalúe. De nada sirve que nuestra vivienda se encuentre en perfectas condiciones de la puerta hacia adentro si el edificio está abandonado. Conscientes de la dificultad que supondría que familias vulnerables paguen mensualidades, la política de construcción de viviendas sociales ha evitado que dichos departamentos generen gastos comunes. Típicamente no tienen ascensor ni áreas verdes compartidas, y casi no tienen iluminación en los espacios comunes. Podríamos cuestionar si es apropiada o no dicha política, pero lo que es seguro, es que todos los departamentos necesitan mantención.
Durante los últimos 30 años se han construido más de 300.000 viviendas sociales en copropiedad. La mayoría no tiene un comité de administración, no pagan gastos comunes, no realizan ningún tipo de mantención. En algunos casos, los vecinos ni siquiera saben que viven en una copropiedad, no conocen sus derechos y deberes, y no reconocen los espacios comunes como parte de su patrimonio. En esos departamentos, donde  vive más de un millón de chilenos, se encuentran las tasas más altas de hacinamiento, inacción juvenil y violencia intrafamiliar. Los espacios públicos se han deteriorado, casi no existe confianza entre los vecinos, lo que explica que un 64,5% de sus habitantes quiera irse de ahí, argumentando la mala relación entre ellos, inseguridad, delincuencia y  drogas, como describen Alfredo Rodríguez y Ana Sugranyes en su libro Los con techo.
Todo lo anterior merma las posibilidades de generar redes que impulsen la organización de las familias para iniciar procesos de mejoras colectivas. Cuando no se confía en los vecinos, difícilmente se podría pedir un aporte mensual para la mantención de los espacios comunes. Durante este año, en el Minvu trabajamos en terminar las experiencias piloto que realizamos en términos de mejoramiento de blocks. Los aprendizajes obtenidos nos permitirán comenzar durante 2012 un programa regular de rehabilitación de viviendas colectivas. El programa será concursable y permitirá mejorar la infraestructura e instalar capacidades organizativas en los vecinos. El objetivo no es sólo reparar, sino también que los vecinos mantengan un comité de administración que vele por los espacios comunes. A veces, cosas tan simples como aprobar un reglamento de copropiedad, capacitar a los vecinos en las responsabilidades compartidas que supone vivir en copropiedad y apoyar por un tiempo a la administración permitirían detener el deterioro del patrimonio de las familias.
Esperamos de esta manera comenzar el desafío más grande que enfrentará el Minvu en los próximos 20 años: la rehabilitación de los edificios de vivienda social, con sus respectivos barrios.
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