Copropiedad al día: Luces y sombras de los 30 años de la Comunidad Ecológica de Peñalolén – La Tercera Edición Impresa

[Estilos de vida] Al comienzo instalaron un par de carpas entre tierra seca, espinos y un sol que derretía hasta las rocas. Eran seis familias con un sueño: arrancar de Santiago, pero sin alejarse tanto. Ahora son cerca de 350 las que viven en el pie del monte cordillerano, con un estilo de vida propio ligado a la naturaleza y lejos de las comodidades urbanas. A tres décadas de su creación, esta es la historia y conflictos de una encumbrada vecindad.

por Carlos Palacios y Alejandra Carmona

Rony Hassler (54) llegó casi a pie a la Comunidad Ecológica el año 1980, de la mano de su esposa y su hija de 1 año. Entonces no tenía 4×4 ni crédito hipotecario para acceder a una vivienda. Pero tenía más a su favor que en contra: 23 años y ganas de levantar su casa con sus propias manos. Junto a otras seis familias, que en total eran 10 personas, compraron las ocho hectáreas originales de la Comunidad Ecológica, que bautizaron así por las ganas de imponer ahí un modo de vida colaborativo, de vivir más cerca unos de otros, además de querer preservar la flora del lugar. Habría sido un crimen para todos que maitenes, boldos y quillayes fueran dañados. Cuando llegaron, tuvieron que vivir en carpas, pero sólo hasta que terminaron sus viviendas.

Hassler levantó una casa de adobe de 45 m2 en los 1.000 que se había comprado por $ 2.000.000 actuales. Ahí quería ver crecer a su familia, rodeada de perros, pollos, árboles y un huerto. Cocinaban para el día, porque no tenían sistemas de refrigeración, caminaban largos trechos para ir a buscar agua en bidones. La mayoría de ellos, trabajaba más cerca de la ciudad.

Durante 10 años, Hassler y sus amigos fueron viendo cómo llegaban más personas a su comunidad, todos enterados por el boca a boca. "Fuimos los primeros en abrir el camino; los actores fueron llegando después. Ni siquiera había divisiones entre las propiedades. Hoy hay mucha más gente de todos los ámbitos", cuenta Hassler.

En 1990 llegó la electricidad al sector. Fue entonces cuando la comunidad ecológica se empezó a poblar aún más. Todos llegaban motivados por vivir en un pequeño barrio, alejados del estilo de vida consumista y cerca de la naturaleza.

El periodista Alejandro Guillier es uno de los vecinos. Compró junto a su esposa 4.000m2 hace 10 años, pero sólo hace tres vive ahí. También tiene una casa de barro y madera. "Tenemos rosas, árboles preciosos. Es un lugar muy tranquilo, donde los amigos no tienen que tocar la puerta para llegar". Ahora que sus tres hijos emigraron, viven solos en una casa de 100m2.

Marcelo Cortés es arquitecto y llegó a vivir allí hace 25 años. El profesionalizó el tipo de vivienda que se generó espontáneamente en el lugar. "Hemos creado una cultura constructiva propia, una técnica llamada Technobarro que mezcla la construcción ancestral en adobe, pero que, con el tiempo, evolucionó hasta alcanzar terminaciones finas. Es un sistema menos contaminante que el hormigón y no gastamos energía en levantar las casas", explica.

Con los años, la comunidad se ha convertido en un polo tan diverso como la comuna donde se ubica: no todos tienen grandes casas ni tampoco autos. Así como hay "famosos", también hay personas que viven de de la venta de pasteles, por ejemplo. "Peñalolén es como un Chile chico, donde hay diversidad social. Además, es un pulmón verde para la comuna y para Santiago", asegura el alcalde Claudio Orrego.

Juan Moya es un ejemplo de esta diversidad. Es catalán y lleva 18 años viviendo ahí. Un pez fuera del agua entre "tantos volados, buenos para quedarse en las ideas", dice. "Yo soy un ejecutivo". Este técnico en minas retirado ha construido un verdadero santuario de árboles autóctonos y exóticos en medio de las especies locales. "Aunque a alguna gente no le gustara, corté los espinos y dejé sólo los 800 mejores. Hasta ahora he plantado cerca de 3.000 árboles, entre secuoyas, pinos mediterráneos y algunos árboles que me regaló la Conaf", explica. Su casa tiene 500m2, es de madera de demoliciones restaurada, no de tierra ni paja. "Es una casa de verdad, en medio de la naturaleza. Si viviera en La Dehesa o Vitacura, no podría tener esto en 1.000m2".

Si bien la Comunidad Ecológica de Peñalolén cuenta hoy con electricidad, no hay alumbrado público. El gas, lo trae un camión repartidor de balones. No hay cañerías.

Accedieron a teléfonos recién el año 96 y el agua proviene de la cordillera. Cada propietario paga por derechos de agua cuando compra el terreno. Además, les cuesta $ 40.000 anuales por la administración del suministro que está en manos de la Asociación de Canalistas de Lo Hermida. En invierno, el agua proveniente de la Quebrada de Macul baja limpia, pero en verano, lsos habitantes de la comunidad no pueden beberla, porque los vecinos de Peñalolén usan la quebrada como piscina. Entonces, deben comprar botellas de agua. Según cuenta Cortés, los que viven cerca de la calle Antupirén, eso sí, tienen red de agua potable.

Otra particularidad de este lugar es el alcantarillado. La mayoría tiene pozos negros, pero hace un par de años algunos vecinos adoptaron el sistema Toha, un método que consiste en reciclar aguas servidas. Después de un proceso de tres pasos, los desperdicios se convierten en fertilizantes para la tierra (humus) y el agua que sobra, en fuente de regadío para sus jardines. Juan Echenique (60) usa el sistema: "El desecho no es tóxico y todo lo que tira una casa se aprovecha. No tenemos que conectarnos al alcantarillado, que es una inversión muy cara en estos terrenos donde hay muchas rocas". Tampoco se pueden comprar las casas con crédito hipotecario, ya que funcionan con un sistema de copropiedad, es decir, todos son dueños del terreno propio y el del vecino. Por lo mismo, no hay banco que le preste dinero a quien quiera comprar un pedazo de tierra ahí. "Ningún banco aguantaría pelear con las 50 personas que habitan un sitio de cada parcela en caso de tener que quitárselas (por el no pago de las cuotas)", dice Cortés.

A pesar de este tipo de vida poco urbanizada, el precio de los terrenos sigue subiendo y estando en la mira de proyectos nuevos. Cuando éste comenzó, el m2 costaba 0,2 UF; hoy llega a 1 UF. Una inocente y visionaria elección se convirtió en una atracción para quienes buscan la tranquilidad y naturaleza, pero que también tienta a las inmobiliarias.

A partir de 2003 la Comunidad Ecológica entró en una polémica que la puso en el centro del debate público. Ese año el Serviu compró dos parcelas en su interior, la 2 y la 12, para construir viviendas sociales destinadas a las familias que, desde 1999, se habían tomado a la fuerza un terreno que pertenecía a Miguel Nazur: la famosa toma de Peñalolén. La medida hizo reaccionar de inmediato tanto a los vecinos de la Comunidad Ecológica, como a las inmobiliarias que tenían proyectos de condominios en la calle Las Parcelas. Los primeros alegaban, porque se vería vulnerado el proyecto ecológico que habían comenzado allí; y los segundos, porque la plusvalía de los terrenos se vería afectada.

Entonces, los miembros de la comunidad fueron cuestionados. "Nos preguntamos si la ecología es privilegio de sólo algunos seres humanos", dijo a la prensa, Alexis Parada, uno de los dirigentes de los allegados de la toma de Peñalolén. Este es un tema del cual los miembros de la comunidad no quieren opinar.

Finalmente, el conflicto se resolvió cuando las inmobiliarias compraron las dos parcelas en disputa por $ 3.164 millones, de los cuales $ 1.385 millones fueron al Serviu y la diferencia -cerca de $ 1.700- fueron entregados a un Techo para Chile para que construyeran mejores viviendas sociales. Así surgieron las "chubi", pequeñas casas pareadas de colores que, en algunos casos, intentaron imitar el estilo de las que hay al interior de la comunidad con revestimientos de mosaicos.

En 2004, los involucrados firmaron un "protocolo de entendimiento" en el que se consagraban los terrenos de la Comunidad Ecológica de Peñalolén como un "área socialmente protegida", donde no podrían instalarse viviendas sociales en el futuro. Actualmente, en esas parcelas, la inmobiliaria Casa Grande está construyendo más condominios de casas iguales para gente de clase media-alta. Un estilo que rompe con el de la comunidad. Los árboles fueron talados, las retroexcavadoras mueven la tierra y el suelo ya está sellado con cemento.

Dentro de unos meses, la comunidad ecológica podría cambiar y enfrentar otro conflicto. Un nuevo Plan Regulador Comunal (PRC) entró a la Conama para ser revisado, el que debería ser aprobado o rechazado el 4 de noviembre. Pero aún no hay fecha clara para que el Concejo Municipal vote este proyecto que eventualmente cambiaría el uso de suelo en dos franjas de terreno de 200 metros: una que va desde calle Antupirén hacia el interior, en la ladera norte, y otra en calle Las Perdices en el costado poniente. De aprobarse, aumentaría la densidad de 50 a 250 habitantes por hectárea. ¿Qué hay planeado para esos terrenos? La instalación de viviendas sociales de seis comités de allegados de la comuna. Karla Urzúa, una de las dirigentas del Movimiento Unitario de Allegados de Peñalolén, dice estar preparándose para un posible traslado. "Vamos con la mejor disposición para llegar a los terrenos de la Comunidad Ecológica. Estamos organizando talleres para formar un barrio amable y no tener conflictos. Queremos lograr una verdadera integración entre los nuevos vecinos y los actuales", dice.

La Tercera Edición Impresa

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.